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Pastoral Juvenil Vocacional Salvatoriana de Venezuela

 

Hora Santa del Mes de Marzo 2003  

Tema: Llamados a la Conversión

 

Motivación inicial: Apenas ayer celebramos el miércoles de ceniza, puerta de entrada al tiempo de Cuaresma. Hoy estamos reunidos en oración junto a Jesús Sacramentado, pidiéndoles que sea Él quien nos ayude en estos cuarenta días a preparar nuestros corazones y así poder vivir la gracia de la Resurrección. Meditemos en esta hora la llamada que el Señor nos hace a convertirnos, para poder escuchar con mucha atención su voz. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Exposición del Santísimo Sacramento: Recibamos la presencia de Jesús sacramentado cantando “Tan Cerca de mi” (N° 185).

                 En un momento de silencio hagámonos conscientes de estar frente a Jesús, quien nos llama a vivir el llamado radical del amor.

 Un Par de textos Bíblicos para meditar: La cuaresma es un tiempo típico para entrar en nosotros mismos y reforzar nuestra relación con Dios mediante tres actividades fundamentales: oración, ayuno y caridad. Jesús nos muestra las actitudes que deben impregnar nuestra oración, ayuno y caridad para que sean verdaderamente cristianas. Escuchemos qué nos dice al respecto.

 

Del Santo Evangelio según San Mateo (6,1-8;16-18):

Cuídense de hacer las obras buenas en público para ser contemplados. De lo contrario no les recompensará su Padre del cielo. Cuando hagas limosna, no hagas tocar la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para que los alabe la gente. Les aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú hagas limosna, no sepa la izquierda lo que hace la derecha. De ese modo tu limosna quedará oculta, y tu Padre, que ve lo escondido, te lo pagará.

(Se sugiere un momento de silencio para meditar sobre la forma de hacer caridad: ¿Hago caridad para ser visto? ¿Me creo mejor que los demás por la poca caridad que hago? ¿Con qué espíritu hago las obras de caridad: para creerme bueno, para ganarme un recompensa, para que me vean...?)

 

Cuando oren, no hagan como los hipócritas, que aman rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para exhibirse a la gente. Les aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo escondido, te lo pagará. Cuando recen, no sean palabreros como los paganos, que piensan que a fuerza de palabras serán escuchados. No los imiten, pues su Padre sabe lo que necesitan antes de que se lo pidan.

 

(Se puede hacer otro momento de silencio para reflexionar sobre la oración: ¿Cómo es mi oración? ¿Tengo oración personal o nada más rezo en público? ¿Me gusta que me vean rezando o prefiero hacerlo a solas con el Padre?)

 

Cuando ayunen, no pongan mala cara como los hipócritas, que desfiguran la cara para hacer ver a la gente que ayunan. Les aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú ayunes, perfúmate la cabeza, y lávate la cara, de modo que tu ayuno no lo observen los hombres, sino tu Padre, que está escondido; y tu Padre, que ve lo escondido te lo pagará.

 

(Otro pequeño silencio para meditar sobre el ayuno: ¿Dedico días al ayuno o no le veo ningún sentido? Cuando ayuno, ¿lo hago porque es una ley, buscando escaparme de ella? ¿Cuál es el espíritu con que ayuno?)

                    

                     Como respuesta a esta lectura cantemos varias veces: No, no temáis (N° 277)

 

            Salmo (50):

 

                     R: Señor, ¡Ten piedad y misericordia de nosotros!

                    

                     Misericordia, Dios mío, por tu bondad;

                     por tu inmensa compasión borra mi culpa;

                     lava del todo mi delito,

                     limpia mi pecado.

                    

                     Pues yo reconozco mi culpa,

                     tengo siempre presente mi pecado:

                     contra ti, contra ti solo pequé,

                     cometí la maldad que aborreces.

 

                     En la sentencia tendrás razón,

                     en el juicio brillará tu rectitud.

                     Mira, que en la culpa nací,

                     pecador me concibió mi madre.

 

                     Te gusta un corazón sincero,

                     y en mi interior me inculcas sabiduría.

                     Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

                     lávame: quedaré más blanco que la nieve.

 

                     Hazme oír el gozo y la alegría,

                     que se alegren los huesos quebrantados.

                     Aparta de mi pecado tu vista,

                     borra en mí toda culpa.

 

                     ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,

                     renuévame por dentro con espíritu firme;

                     no me arrojes lejos de tu rostro,

                     no me quites tu santo espíritu.

 

                     Devuélveme la alegría de tu salvación,

                     afiánzame con espíritu generoso:

                     enseñaré a los malvados tus caminos,

                     los pecadores volverán a ti.

 

                     Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,

                     Dios, Salvador mío?,

                     y cantará mi lengua tu justicia.

                     Señor, me abrirás los labios,

                     y mi boca proclamará tu alabanza.

 

                     Los sacrificios no te satisfacen;

                     si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

                     Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;

                     un corazón quebrantado y humillado

                     tú no lo desprecias.

 

                     Señor, por tu bondad, favorece a Sión,

                     reconstruye las murallas de Jerusalén:

                     entonces aceptarás los sacrificios rituales,

                     ofrendas y holocaustos,

                     sobre tu altar se inmolarán novillos.

 

Momento para meditar sobre la disposición del corazón para vivir la cuaresma: ¿Qué conversión me está pidiendo el Señor para este tiempo?

 

                     Se canta Padre, vuelvo a ti (N° 42)

 

Meditación sobre algunos textos del Mensaje del Papa para la Cuaresma de 2003: El Papa, como todos los años, nos ha escrito una carta a todos los cristianos, invitándonos a la preparación cuaresmal. En esta ocasión el tema es sobre la generosidad al dar. Escuchemos el texto de la carta.

 

Queridos hermanos y hermanas:


1. La Cuaresma, tiempo «fuerte» de oración, ayuno y atención a los necesitados, ofrece a todo cristiano la posibilidad de prepararse a la Pascua haciendo un serio discernimiento de la propia vida, confrontándose de manera especial con la Palabra de Dios, que ilumina el itinerario cotidiano de los creyentes.


Este año, como guía para la reflexión cuaresmal, quisiera proponer aquella frase de los Hechos de los Apóstoles: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir» (20,35). No se trata de un simple llamamiento moral, ni de un mandato que llega al hombre desde fuera. La inclinación a dar está radicada en lo más hondo del corazón humano: toda persona siente el deseo de ponerse en contacto con los otros, y se realiza plenamente cuando se da libremente a los demás.

2. Nuestra época está influenciada, lamentablemente, por una mentalidad particularmente sensible a las tentaciones del egoísmo, siempre dispuesto a resurgir en el ánimo humano. Tanto en el ámbito social, como en el de los medios de comunicación, la persona está a menudo acosada por mensajes que insistente, abierta o solapadamente, exaltan la cultura de lo efímero y lo hedonístico. Aun cuando no falta una atención a los otros en las calamidades ambientales, las guerras u otras emergencias, generalmente no es fácil desarrollar una cultura de la solidaridad. El espíritu del mundo altera la tendencia interior a darse a los demás desinteresadamente, e impulsa a satisfacer los propios intereses particulares. Se incentiva cada vez más el deseo de acumular bienes. Sin duda, es natural y justo que cada uno, a través del empleo de sus cualidades personales y del propio trabajo, se esfuerce por conseguir aquello que necesita para vivir, pero el afán desmedido de posesión impide a la criatura humana abrirse al Creador y a sus semejantes. ¡Cómo son válidas en toda época las palabras de Pablo a Timoteo: «el afán de dinero es, en efecto, la raíz de todos los males, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores», (1 Timoteo 6, 10).

La explotación del hombre, la indiferencia por el sufrimiento ajeno, la violación de las normas morales, son sólo algunos de los frutos del ansia de lucro. Frente al triste espectáculo de la pobreza permanente que afecta a gran parte de la población mundial, ¿cómo no reconocer que la búsqueda de ganancias a toda costa y la falta de una activa y responsable atención al bien común llevan a concentrar en manos de unos pocos gran cantidad de recursos, mientras que el resto de la humanidad sufre la miseria y el abandono?

Apelando a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad, quisiera reafirmar un principio en sí mismo obvio aunque frecuentemente incumplido: es necesario buscar no el bien de un círculo privilegiado de pocos, sino la mejoría de las condiciones de vida de todos. Sólo sobre este fundamento se podrá construir un orden internacional realmente marcado por la justicia y solidaridad, como es deseo de todos.


3. «Hay mayor felicidad en dar que en recibir». El creyente experimenta una profunda satisfacción siguiendo la llamada interior de darse a los otros sin esperar nada.


El esfuerzo del cristiano por promover la justicia, su compromiso de defender a los más débiles, su acción humanitaria para procurar el pan a quién carece de él, por curar a los enfermos y prestar ayuda en las diversas emergencias y necesidades, se alimenta del particular e inagotable tesoro de amor que es la entrega total de Jesús al Padre. El creyente se siente impulsado a seguir las huellas de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre que, en la perfecta adhesión a la voluntad del Padre, se despojó y humilló a sí mismo, (cf. Filipenses 2,6 ss), entregándose a nosotros con un amor desinteresado y total, hasta morir en la cruz. Desde el Calvario se difunde de modo elocuente el mensaje del amor trinitario a los seres humanos de toda época y lugar.

San Agustín observa que sólo Dios, el Sumo Bien, es capaz de vencer las miserias del mundo. Por tanto, de la misericordia y el amor al prójimo debe brotar una relación viva con Dios y hacer constante referencia a Él, ya que nuestra alegría reside en estar cerca de Cristo (cf. «De civitate Dei», Lib. 10, cap. 6; CCL 39, 1351 ss).


4. El Hijo de Dios nos ha amado primero, «siendo nosotros todavía pecadores», (Romanos 5, 8), sin pretender nada, sin imponernos ninguna condición a priori. Frente a esta constatación, ¿cómo no ver en la Cuaresma la ocasión propicia para hacer opciones decididas de altruismo y generosidad? Como medios para combatir el desmedido apego al dinero, este tiempo propone la práctica eficaz del ayuno y la limosna. Privarse no sólo de lo superfluo, sino también de algo más, para distribuirlo a quien vive en necesidad, contribuye a la negación de sí mismo, sin la cual no hay auténtica praxis de vida cristiana. Nutriéndose con una oración incesante, el bautizado demuestra, además, la prioridad efectiva que Dios tiene en la propia vida.


Es el amor de Dios infundido en nuestros corazones el que tiene que inspirar y transformar nuestro ser y nuestro obrar. El cristiano no debe hacerse la ilusión de buscar el verdadero bien de los hermanos, si no vive la caridad de Cristo. Aunque lograra mejorar factores sociales o políticos importantes, cualquier resultado sería efímero sin la caridad. La misma posibilidad de darse a los demás es un don y procede de la gracia de Dios. Cómo san Pablo enseña, «Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece» (Filipenses 2, 13).


5. Al hombre de hoy, a menudo insatisfecho por una existencia vacía y fugaz, y en búsqueda de la alegría y el amor auténticos, Cristo le propone su propio ejemplo, invitándolo a seguirlo. Pide a quién le escucha que desgaste su vida por los hermanos. De tal dedicación surge la realización plena de sí mismo y el gozo, como lo demuestra el ejemplo elocuente de aquellos hombres y mujeres que, dejando sus seguridades, no han titubeado en poner en juego la propia vida como misioneros en muchas partes del mundo. Lo atestigua la decisión de aquellos jóvenes que, animados por la fe, han abrazado la vocación sacerdotal o religiosa para ponerse al servicio de la «salvación de Dios». Lo verifica el creciente número de voluntarios, que con inmediata disponibilidad se dedican a los pobres, a los ancianos, a los enfermos y a cuantos viven en situación de necesidad.


Recientemente se ha asistido a una loable competición de solidaridad con las víctimas de los aluviones en Europa, del terremoto en América Latina y en Italia, de las epidemias en África, de las erupciones volcánicas en Filipinas, sin olvidar otras zonas del mundo ensangrentadas por el odio o la guerra.


En estas circunstancias los medios de comunicación social desarrollan un significativo servicio, haciendo más directa la participación y más viva la disponibilidad para ayudar a quién se encuentra en el sufrimiento y la dificultad. A veces no es el imperativo cristiano del amor lo que motiva la intervención en favor de los demás, sino una compasión natural. Pero quien asiste al necesitado goza siempre de la benevolencia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles se lee que la discípula Tabita se salvó porque hizo bien al prójimo (cf. 9,36 ss). El centurión Cornelio alcanzó la vida eterna por su generosidad (cf. ibíd 10,1-31).


Para los «alejados», el servicio a los pobres puede ser un camino providencial para encontrarse con Cristo, porque el Señor recompensa con creces cada don hecho al prójimo (cf. Mateo 25, 40).


Deseo de corazón que la Cuaresma sea para los creyentes un período propicio para difundir y testimoniar el Evangelio de la caridad en todo lugar, ya que la vocación a la caridad representa el corazón de toda auténtica evangelización. Para ello invoco la intercesión de María, Madre de la Iglesia. Que Ella nos acompañe en el itinerario cuaresmal. Con estos sentimientos bendigo a todos con afecto.


Vaticano, 7 de enero de 2003

JOANNES PAULUS II

 

 Meditemos en silencio un momento, pidiéndole al un corazón generoso para vivir el llamado a ser verdaderos cristianos.

 

Cantamos varias veces Yo quiero ser (N° 284).

 

Peticiones:    Oremos a Dios nuestro Padre pidiéndoles a Jesucristo que sea nuestro intercesor frente a Él. A cada invocación contestamos:

                     Danos, Señor, un corazón generoso.

                    

                     Por la Iglesia, para que en todo momento sea hogar de quienes necesitan del amor de Dios y vea en ellos la presencia de Cristo que sufre. Oremos.

 

                     Pidamos a Dios por los jóvenes que viven su momento de discernimiento vocacional, para que descubran que hay mucha mayor alegría en dar que en recibir. Oremos.

 

                     Por todos los aquí presente, para que el Señor nos done un verdadero espíritu cuaresmal y podamos vivir sinceramente nuestra oración, ayuno y caridad. Oremos.

 

                     Por la familia Salvatoriana, para que el Señor mueva los corazones de muchos jóvenes y sigan al Señor con el carisma del Padre Jordán.

 

                     Por la paz en Venezuela. Para que en este momento tan difícil de nuestra historia las distintas partes puedan escucharse y lograr soluciones pacíficas al conflicto. Oremos

 

                     (Intenciones libres)

 

                     Señor Jesucristo, tú nos has enseñado que debemos vivir como hermanos, por eso nos unimos a tu oración continua diciendo (cantando): Padre nuestro...

 

Oración:

 

                     Señor Jesucristo, tú nos invitas a que colaboremos

para que se realice tu Reino.

 

Tú sabes cuánto necesitamos, sobre todo ahora,

                     personas que nos guíen según tu Espíritu,

                     que anuncien tu palabra y compartan tu pan.

 

                     Rezamos por nosotros mismos y por toda la Iglesia,

                     para que podamos crear en nuestras comunidades cristianas

                     aquel ambiente en el cual todos encuentren

                     ánimo e inspiración para arriesgar su vida por ti y por tu Reino,

                     para poner toda su vida a tu servicio y al de su prójimo.

 

                     Sé tú, Señor, su fuerza y su confianza,

                     para vivir de manera sencilla, fiel y servicial,

                     con tu mismo espíritu.

 

                     Haz que entre nosotros vivan una verdadera fe, esperanza y caridad,

                     para que experimentemos, llenos de alegría,

                     que tú eres nuestro Salvador, ahora y por siempre.

                     Amén.

 

Bendición final:

 

                     Oremos.

                     Dios Bueno, que en este sacramento admirable

                     nos dejaste el memorial de tu pasión,

                     te pedimos nos concedas

                     venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,

                     que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.

                     tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

(Luego de la bendición se puede terminar cantando el mismo canto del inicio: “Tan cerca de mí”, N° 185).

 


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