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Pastoral Juvenil Vocacional Salvatoriana de Venezuela

 

Hora Santa del Mes de Abril 2003

Tema: Llamados a la Conversión (2)

 

 

Motivación inicial: Esta cuaresma se ha visto marcada por el terror de una guerra en Irak, una tierra que parece estar muy lejana pero también está llena de hermanos. Esta guerra nos recuerda aquellas cosas que hay en el corazón humano que no permiten vivir en fraternidad, aquello de lo que debemos convertirnos. Pidamos al Señor que nos acompañe en este encuentro para poder descubrir su verdadera paz. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Exposición del Santísimo Sacramento: Recibamos la presencia de Jesús sacramentado cantando “Tan Cerca de mi” (N° 185).

 

                     En un momento de silencio hagámonos conscientes de estar frente a Jesús, quien nos llama a vivir el llamado radical del amor.

 

Un texto Bíblico para meditar: Para que exista la verdadera paz debe haber arrepentimiento, perdón y dar la oportunidad para cambiar. Muchas veces nosotros mismos juzgamos a los demás, o nos apartamos por miedo a pedir perdón y dudamos de la misericordia tanto de nuestros hermanos como de Dios. Escuchemos el siguiente pasaje del Evangelio.

 

Del Santo Evangelio según San Lucas (15):

                     Todos los publicanos y pecadores, se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos, pues, con los maestros de la Ley murmuraban y criticaban: “Este hombre recibe a los pecadores y como con ellos”.

 

                     (Se sugiere un momento de silencio para meditar sobre nuestra actitud de vida: ¿soy como los publicanos y pecadores que se acercaban a Jesús para escucharlo? ¿murmuro y critico cuando veo a algún pecador acercarse a Jesús?...)

 

Entonces Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de ustedes pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja las otras noventa y nueve en el campo para ir en busca de la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, muy feliz, la pone sobre sus hombros y, al llegar a su casa, reúne amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido.

Yo les declaro que de igual modo habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión”.

 

(Nos preguntamos de qué debemos convertirnos para dar esa alegría a Dios...)

 

Cuando una mujer pierde una moneda de las diez que tiene, ¿no enciende una luz, barre la casa y la busca cuidadosamente, hasta hallarla? Y apenas la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: Alégrense conmigo, porque hallé la moneda que se me había perdido.

Les declaro que, de la misma manera, hay gozo entre los ángeles de Dios por un solo pecador que cambie su corazón y su vida.

 

(Nos preguntamos: ¿se nota en nuestras vidas la alegría que surge al sabernos hallados por Dios? ¿Cómo la expresamos?)

 

Jesús puso otro ejemplo: “un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: Padre, dame la parte de la propiedad que me corresponde. Y el padre la repartió entre ellos.

Pocos días después, el hijo menor reunió todo lo que tenía, partió a un lugar lejano y allí malgastó su dinero en una vida desordenada. Cuando lo gastó todo, sobrevino en esa región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue a buscar trabajo y se puso al servicio de un habitante de ese lugar que lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Hubiera deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero nadie le daba nada.

Fue entonces cuando entró en sí: ¿Cuántos trabajadores de mi padre tiene pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre? ¿Por qué no me levanto? Volveré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra Dios y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus siervos. Partió, pues, de vuelta donde su padre.

Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión, corrió a echarse a su cuello y lo abrazo. Entonces el hijo le habló: Padre, pequé contra Dios y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus servidores: Rápido, tráiganle la mejor ropa y póngansela, colóquenle un anillo en el dedo y zapatos en los pies. Traigan el ternero más gordo y mátenlo, comamos y alegrémonos, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a ala vida, estaba perdido y lo he encontrado. Y se pusieron a celebrar la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver llegó cerca de la casa, oyó la música y el baile. Llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba todo eso. Este le dijo: Tu hermano está de vuelta y tu padre mandó matar el ternero gordo, por haberlo recobrado con buena salud. El hijo mayor se enojó y no quiso entrar.

Entonces el padre salió a rogarle. Pero él le contestó: Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos, pero llega ese hijo tuyo, después de haber gastado tu dinero con prostitutas, y para él haces matar el ternero gordo.

El padre le respondió: Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero había que hacer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a al vida, estaba perdido y ha sido encontrado”.

 

(Momento de silencio para meditar con quién nos identificamos: el hijo menor que ha derrochado la gracia del padre, el padre misericordioso que perdona toda la ofensa o el hijo mayor que tras su fidelidad esconde envidia y orgullo...)

 

                     Como respuesta a esta lectura cantemos varias veces: No, no temáis (N° 277)

 

            Salmo (50):

 

                     R: Señor, ¡Ten piedad y misericordia de nosotros!

                    

                     Misericordia, Dios mío, por tu bondad;

                     por tu inmensa compasión borra mi culpa;

                     lava del todo mi delito,

                     limpia mi pecado.

                    

                     Pues yo reconozco mi culpa,

                     tengo siempre presente mi pecado:

                     contra ti, contra ti solo pequé,

                     cometí la maldad que aborreces.

 

                     En la sentencia tendrás razón,

                     en el juicio brillará tu rectitud.

                     Mira, que en la culpa nací,

                     pecador me concibió mi madre.

 

                     Te gusta un corazón sincero,

                     y en mi interior me inculcas sabiduría.

                     Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

                     lávame: quedaré más blanco que la nieve.

 

                     Hazme oír el gozo y la alegría,

                     que se alegren los huesos quebrantados.

                     Aparta de mi pecado tu vista,

                     borra en mí toda culpa.

 

                     ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,

                     renuévame por dentro con espíritu firme;

                     no me arrojes lejos de tu rostro,

                     no me quites tu santo espíritu.

 

                     Devuélveme la alegría de tu salvación,

                     afiánzame con espíritu generoso:

                     enseñaré a los malvados tus caminos,

                     los pecadores volverán a ti.

 

                     Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,

                     Dios, Salvador mío?,

                     y cantará mi lengua tu justicia.

                     Señor, me abrirás los labios,

                     y mi boca proclamará tu alabanza.

 

                     Los sacrificios no te satisfacen;

                     si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

                     Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;

                     un corazón quebrantado y humillado

                     tú no lo desprecias.

 

                     Señor, por tu bondad, favorece a Sión,

                     reconstruye las murallas de Jerusalén:

                     entonces aceptarás los sacrificios rituales,

                     ofrendas y holocaustos,

                     sobre tu altar se inmolarán novillos.

 

      Momento para meditar sobre la disposición del corazón para vivir la cuaresma: ¿Cómo se nota mi camino de conversión en esta cuaresma?

 

                     Se canta Padre, vuelvo a ti (N° 42)

 

Meditación sobre la catequesis del Papa: El Papa, ayer miércoles 2 de abril, ha meditado sobre la alegría de luchar por la liberación y la justicia. Escuchemos sus palabras.

 

Cantad al Señor un cántico nuevo,
llegue su alabanza hasta el confín de la tierra;
ruja el mar y lo que contiene,
las costas y sus habitantes;
alégrese el desierto con sus tiendas,
los cercados que habitan en Quedar;
exulten los habitantes de Petra,
clamen desde la cumbre de las montañas;
den gloria al Señor,
anuncien su alabanza en las costas.

El Señor sale como un héroe,
excita su ardor como un guerrero,
lanza el alarido,
mostrándose valiente frente al enemigo.

«Desde antiguo guardé silencio,
me callaba, aguantaba;
como parturienta, grito,
jadeo y resuello.

Agostaré montes y collados,
secaré toda su hierba,
convertiré los ríos en yermo,
desecaré los estanques;
conduciré a los ciegos
por el camino que no conocen,
los guiaré por senderos que ignoran;
ante ellos convertiré la tiniebla en luz,
lo escabroso en llano».



1. En el libro que lleva el nombre del profeta Isaías, los estudiosos han identificado la presencia de diferentes voces, colocadas todas bajo el patronato del gran profeta que vivió en el siglo VIII a. C. Es el caso del vigoroso himno de alegría y de victoria que se acaba de proclamar, como parte de la Liturgia de los Laudes de la cuarta semana. Los exégetas lo atribuyen al llamado Segundo Isaías, un profeta que vivió en el siglo VI a. C., en tiempos del regreso de los judíos del exilio de Babilonia. El himno comienza con un llamamiento a «cantar al Señor un cántico nuevo» (Cf. Isaías 42, 10), como sucede precisamente en otros Salmos (Cf. 95,1 y 97,1).


La «novedad» del canto que invita a entonar el profeta consiste ciertamente en la apertura del horizonte de la libertad, como cambio radical en la historia de un pueblo que ha experimentado la opresión y la estancia en tierra extranjera (Cf. Salmo 136).

2. La «novedad» tiene con frecuencia en la Biblia el sabor de una realidad perfecta y definitiva. Es casi el signo del inicio de una era de plenitud salvífica que sella la ajetreada historia de la humanidad. El Cántico de Isaías se caracteriza por este elevado tono que bien se adapta a la oración cristiana.

El mundo en su globalidad, que incluye la tierra, el mar, las islas, los desiertos y las ciudades, es invitado a elevar al Señor un «cántico nuevo» (Cf. Isaías 42, 10-12). Todo el espacio queda involucrado con sus últimos confines horizontales, que comprenden también lo desconocido, así como su dimensión vertical, que comienza en la llanura desértica, donde se encuentran las tribus nómadas de Quedar (Cf. Isaías 21, 16-17), y se eleva hasta los montes. Allí se puede encontrar la ciudad de Sela, identificada por muchos como Petra, en el territorio de los edomitas, una ciudad colocada entre picos rocosos.

Todos los habitantes de la tierra son invitados a participar en una especie de inmenso coro para aclamar al Señor exultando y dándole gloria.

3. Después de la solemne invitación al cántico (Cf. versículos 10-12), el profeta pone en la escena al Señor, representado como el Dios del Éxodo que ha liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto: «El Señor sale como un héroe, excita su ardor como un guerrero» (v. 13). Siembra el terror entre los adversarios, que oprimen a los demás y comenten injusticias. El cántico de Moisés también presenta al Señor durante la travesía del Mar Rojo como un «guerrero», dispuesto a alzar su diestra poderosa para atemorizar a los enemigos (Cf. Éxodo 15, 3-8). Con el regreso de los judíos de la deportación de Babilonia está a punto de tener lugar un nuevo éxodo y los fieles tienen que ser conscientes de que la historia no queda en manos del destino, del caos, o de las potencias opresoras: la última palabra le corresponde a Dios justo y fuerte. El Salmista cantaba: «Danos ayuda contra el adversario, que es vano el socorro del hombre» (Sal 59,13).

4. Al entrar en la escena, el Señor habla y sus palabras vehementes (Cf. Isaías 42, 14-16) quedan mezcladas por el juicio y la salvación. Comienza recordando que «desde antiguo» guardó «silencio», es decir, no intervino. El silencio divino es con frecuencia motivo de perplejidad para el justo e incluso de escándalo, como lo atestigua el prolongado grito de Job (Cf. Job 3, 1-26). Sin embargo, este silencio no indica una ausencia, como si la historia quedara en manos de los perversos y el Señor permaneciera indiferente e impasible. En realidad, ese estar callado desemboca en una relación parecida a los dolores de parto de la mujer que tiene que hacer esfuerzos, jadear y gritar. Es el juicio divino sobre el mal, representado con imágenes de aridez, destrucción, desierto (Cf. v. 15), que tiene como meta un resultado vivo y fecundo.

De hecho, el Señor hace surgir un nuevo mundo, una nueva era de libertad y de salvación. A quien estaba ciego se le abren los ojos para que goce de la luz que deslumbra. El camino se hace rápido y florece la esperanza (Cf. v. 16) para poder seguir confiando en Dios y en su futuro de paz y de felicidad.

5. Cada día el creyente sabe percibir los signos de la acción divina incluso cuando está escondida por el devenir aparentemente monótono y sin meta del tiempo. Como escribía un estimado autor cristiano moderno, «un éxtasis cósmico se apodera de la tierra: en ella se da una realidad y una presencia eterna que, sin embargo, normalmente duerme bajo el velo de la costumbre. La realidad eterna ahora tiene que revelarse, como en una manifestación de Dios, a través de todo lo que existe» (Romano Guardini, «Sabiduría de los Salmos» --«Sapienza dei Salmi»--, Brescia 1976, p. 52).

Descubrir con los ojos de la fe esta presencia divina en el espacio y en el tiempo, así como en nosotros mismos, es fuente de esperanza y de confianza, incluso cuando nuestro corazón está turbado y sacudido «como se estremecen los árboles del bosque por el viento» (Isaías 7, 2). De hecho, el Señor aparece en la escena para regir y juzgar «al mundo con justicia y rectitud» (Salmo 95, 13).

 

 Meditemos en silencio un momento, pidiéndole al un corazón generoso para vivir el llamado a ser verdaderos cristianos.

 

Cantamos varias veces Yo quiero ser (N° 284).

 

Peticiones:    Oremos a Dios nuestro Padre pidiéndoles a Jesucristo que sea nuestro intercesor frente a Él. A cada invocación contestamos:

                     Danos, Señor, un corazón generoso.

                    

                     Por la Iglesia, para que en todo momento sea hogar de quienes necesitan del amor de Dios y vea en ellos la presencia de Cristo que sufre. Oremos.

 

                     Pidamos a Dios por los jóvenes que viven su momento de discernimiento vocacional, para que descubran que hay mucha mayor alegría en dar que en recibir. Oremos.

 

                     Por todos los aquí presente, para que el Señor nos done un verdadero espíritu cuaresmal y podamos vivir sinceramente nuestra oración, ayuno y caridad. Oremos.

 

                     Por la familia Salvatoriana, para que el Señor mueva los corazones de muchos jóvenes y sigan al Señor con el carisma del Padre Jordán.

 

                     Por la paz en Venezuela. Para que en este momento tan difícil de nuestra historia las distintas partes puedan escucharse y lograr soluciones pacíficas al conflicto. Oremos.

 

Por la paz del mundo, para que el Señor ablande los corazones y los disponga para encontrar caminos de paz. Oremos.

 

                     (Intenciones libres)

 

                     Señor Jesucristo, tú nos has enseñado que debemos vivir como hermanos, por eso nos unimos a tu oración continua diciendo (cantando): Padre nuestro...

 

Oración:

 

                     Señor Jesucristo, tú nos invitas a que colaboremos

para que se realice tu Reino.

 

Tú sabes cuánto necesitamos, sobre todo ahora,

                     personas que nos guíen según tu Espíritu,

                     que anuncien tu palabra y compartan tu pan.

 

                     Rezamos por nosotros mismos y por toda la Iglesia,

                     para que podamos crear en nuestras comunidades cristianas

                     aquel ambiente en el cual todos encuentren

                     ánimo e inspiración para arriesgar su vida por ti y por tu Reino,

                     para poner toda su vida a tu servicio y al de su prójimo.

 

                     Sé tú, Señor, su fuerza y su confianza,

                     para vivir de manera sencilla, fiel y servicial,

                     con tu mismo espíritu.

 

                     Haz que entre nosotros vivan una verdadera fe, esperanza y caridad,

                     para que experimentemos, llenos de alegría,

                     que tú eres nuestro Salvador, ahora y por siempre.

                     Amén.

 

Bendición final:

 

                     Oremos.

                     Dios Bueno, que en este sacramento admirable

                     nos dejaste el memorial de tu pasión,

                     te pedimos nos concedas

                     venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,

                     que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.

                     tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

(Luego de la bendición se puede terminar cantando el mismo canto del inicio: “Tan cerca de mí”, N° 185).

 

 


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