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Pastoral Juvenil Vocacional Salvatoriana de Venezuela

 

Hora Santa del Mes de Mayo 2003

Tema: Llamados a la Resurrección

 

 

Motivación inicial: Es tiempo de Pascua, tiempo del anuncio gozoso de nuestra salvación: ¡Jesucristo ha vencido a la muerte con su resurrección y nos da nueva vida! Dispongamos nuestros corazones para encontrarnos con el Resucitado en esta hora Santa Vocacional. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Exposición del Santísimo Sacramento: Jesús resucitado se hace presente en su totalidad en medio de nosotros por medio del Sacramento del Altar. El mismo Jesús que se apareció a los discípulos está aquí, en medio de nosotros. Hagámonos conscientes de esa presencia con el canto “Jesús resucita hoy” (N° 242).

 

Contemplémosle en un momento de silencio.

 

Un texto Bíblico para meditar: Escuchemos el relato de una de las apariciones Jesús a sus discípulos

 

Del Santo Evangelio según San Juan (20,19-29):

                     La tarde de ese mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban a puertas cerradas por miedo a los judíos.

 

                     (Se sugiere un momento de silencio para meditar sobre los miedos que tenemos en la vida...: ¿qué me separa del amor del Señor? ¿qué me quita la paz?) 

 

Jesús se hizo presente allí, de pie en medio de ellos. Les dijo: “La paz sea con ustedes”. Después de saludarlos así, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de gozo al ver al Señor.

 

(Otro momento de silencio para preguntarnos cómo nos llega la paz del Señor. ¿Expreso realmente la alegría del encuentro con el Resucitado?)

 

Él les volvió a decir: “La paz esté con ustedes. Así como el Padre me envió a mí, así los envío a ustedes”. Dicho esto, sopló sobre ellos: “Reciban el Espíritu Santo: a quienes ustedes perdonen, queden perdonados, y a quienes no libren de sus pecados, queden atados”.

 

(Nos preguntamos: ¿a qué me ha enviado el Padre al mundo? ¿Cómo vivo el amor y el perdón don de Dios con mis hermanos?)

 

Uno de los Doce no estaba cuando vino Jesús. Era Tomás, llamado el Gemelo. Los otros discípulos, pues le dijeron: “Vimos al Señor”. Contestó: “No creeré sino cuando vea la marca de los clavos en sus manos, meta mis dedos en el lugar de los clavos y palpe la herida del costado”.

 

(¿Cuáles son las “pruebas” que le pido a Dios? ¿Está basada mi fe en lo que he visto y experimentado o creo el testimonio de otros?)

 

Ocho días después, los discípulos estaban de nuevo reunidos dentro, y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, y se puso de pie en medio de ellos. Les dijo: “La paz sea con ustedes”.

 

(¿Creo realmente en la presencia de Jesús en la comunidad y su deseo de estar en medio de ella cada ocho días en la Eucaristía? ¿A pesar de haber encontrado el mandato de Jesús, continúo con las puertas de mi corazón cerradas, sin cumplir mi misión?)

 

Después dijo a Tomás: “Ven acá, mira mis manos; extiende tu mano y palpa mi costado. En adelante no seas incrédulo sino hombre de fe”.

 

(¿Cuáles son las marcas del crucificado en mi vida, es decir, cómo ha sido redimido mi sufrimiento por el amor de Dios y a pesar de estar allí me recuerda la presencia del resucitado? ¿Soy un incrédulo o un hombre de fe?)

 

Tomás exclamó: “Tú eres mi Señor y mi Dios”. Jesús le dijo: “Tú crees porque has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”

 

(Momento de silencio para decir en nuestro interior “Señor mío y Dios mío”, alabando de esta forma la presencia de Jesús Sacramentado)

 

                     Como respuesta a esta lectura cantemos varias veces: El Señor está aquí (N° 269)

 

            Salmo 27 (26):

 

                     R: El Señor es mi luz y mi salvación. ¡Aleluya!

                    

                     El Señor es mi luz y mi salvación,

                     ¿A quién puedo temer?

                     Amparo de mi vida es el Señor,

                     ¿Por quién he de temblar?

 

                     Cuando los malos contra mí se lanzan

                     Para comer mi carne,

                     Ellos, mis enemigos y contrarios,

                     Resbalan y sucumben.

 

                     Si me sitia un ejército contrario,

                     Mi corazón no teme;

                     Si se levanta contra mí una guerra,

                     Aún tendré confianza.

 

                     Una cosa al Señor, sólo le pido,

                     La cosa que yo busco:

                     Habitar en la casa del Señor

                     Mientras dure mi vida,

                     Que yo pueda gozar de su dulzura

y contemplar su templo.

 

Porque él me dará asilo en su cabaña

En día de desgracia,

Me guardará en el secreto de su tienda,

Me alzará sobre una roca.

 

Y ahora mi cabeza se levanta

sobre los enemigos que me cercan.

Ofreceré en su carpa sacrificios,

Sacrificios jubilosos.

Tocar, cantar yo quiero al Señor.

 

Señor, oye la voz con que a ti clamo,

Escucha, por piedad.

Mi corazón de ti me habla diciendo:

Procura ver su faz.

Es tu rostro, Señor, lo que yo busco,

No me escondas tu rostro.

 

Con enojo a tu siervo no rechaces;

Eres tú mi defensa,

No me abandones, no me dejes solo,

Mi Dios y Salvador.

 

Si mi padre y mi madre me abandonaran,

Me acogerá el Señor.

Enséñame, Señor, el buen camino,

Guíame siempre por sendero llano,

A causa de mis enemigos.

 

Líbrame del afán de mis contrarios,

Pues hablan contra mí falsos testigos

Que lanzan amenazas.

 

La bondad del Señor espero ver

En la tierra de los vivientes.

Confía en el Señor, ¡ánimo, arriba!,

Espera en el Señor.

 

      Momento para meditar el salmo que se ha recitado.

 

                     Se canta Demos Gracias al Señor (N° 287)

 

Meditación sobre un texto del Padre Jordán (Palabras y Exhortaciones, Paz, 5):

                     Escuchemos a continuación la voz del Padre Jordán,  quien ha dicho a sus hijos espirituales comentando el texto de San Lucas que hemos meditado lo siguiente:

 

                     El Divino Salvador dijo a sus discípulos: “la paz sea con ustedes”. Oh, ¡que la paz esté también con ustedes! La paz esté con ustedes, con sus superiores, con sus súbditos. Este es uno de los mayores bienes que puede existir en una comunidad, en un religioso.

                     Para que la paz tenga consistencia, es preciso que cada uno respete, salvaguarde y reconozca los derechos, la posición, la vida, las posesiones de los demás o cualquier cosa que tenga.

                     Además es necesario observar el silencio, pues de lo contrario se incurre fácilmente en detracciones. Y uno de los mayores enemigos de la paz es la calumnia y la crítica destructiva de algún acontecimiento.

                     Es de gran importancia también la observancia de la Regla, de las prescripciones y de las determinaciones de los Superiores. En suma: Busquen lo que agrada a los demás y luchen contra el propio yo.

                     Si esta paz se conserva así, habrá felicidad en la Comunidad. El religioso entonces se sentirá feliz y satisfecho. Toda la Comunidad prosperará. Donde hubiere paz, estará también la bendición de Dios y sus consuelos.

 

Cantamos Paz en la tierra  (N° 145).

 

Peticiones:    Oremos a Dios nuestro Padre pidiéndoles a Jesucristo que sea nuestro intercesor frente a Él. A cada invocación contestamos:

                     Danos, Señor, el don de tu paz.

                    

                     Por la Iglesia, para sea signo vivo de paz en medio de la humanidad divida por el odio y el rencor. Oremos.

 

                     Por la paz mundial y de nuestro país. Para que los cristianos seamos testimonio de ese don que mana del Resucitado. Oremos

 

                     Pidamos a Dios por los jóvenes que viven su momento de discernimiento vocacional, para que descubran la mejor forma de seguir a Jesús resucitado. Oremos.

 

                     Por todos los misioneros, para que sientan la presencia cercana de Jesús que les ha enviado a anunciar el Evangelio. Oremos.

 

                     Por los matrimonios jóvenes y aquéllos que ya celebran muchos años de unión. Para que puedan ver en las dificultades la oportunidad para vivir el amor de Dios. Oremos

 

                     Por todos los aquí presente, para que podamos vivir animados y con alegría la realidad de la resurrección del Señor. Oremos.

 

                     Por la familia Salvatoriana, para que el Señor mueva los corazones de muchos jóvenes y sigan al Señor con el carisma del Padre Jordán.

 

(Intenciones libres)

 

                     Señor Jesucristo, tú nos has dejado el don de tu paz, por eso nos unimos a tu oración continua diciendo (cantando): Padre nuestro...

 

Oración:

 

                     Señor Jesucristo, tú nos invitas a que colaboremos

para que se realice tu Reino.

 

Tú sabes cuánto necesitamos, sobre todo ahora,

                     personas que nos guíen según tu Espíritu,

                     que anuncien tu palabra y compartan tu pan.

 

                     Rezamos por nosotros mismos y por toda la Iglesia,

                     para que podamos crear en nuestras comunidades cristianas

                     aquel ambiente en el cual todos encuentren

                     ánimo e inspiración para arriesgar su vida por ti y por tu Reino,

                     para poner toda su vida a tu servicio y al de su prójimo.

 

                     Sé tú, Señor, su fuerza y su confianza,

                     para vivir de manera sencilla, fiel y servicial,

                     con tu mismo espíritu.

 

                     Haz que entre nosotros vivan una verdadera fe, esperanza y caridad,

                     para que experimentemos, llenos de alegría,

                     que tú eres nuestro Salvador, ahora y por siempre.

                     Amén.

 

Bendición final:

 

                     Oremos.

                     Dios Bueno, que en este sacramento admirable

                     nos dejaste el memorial de tu pasión,

                     te pedimos nos concedas

                     venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,

                     que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.

                     tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

(Luego de la bendición se puede terminar cantando “Tan cerca de mí”, N° 185).

 

   


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