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Pastoral Juvenil Vocacional Salvatoriana de Venezuela

 

Hora Santa del Mes de Junio 2003

Tema: Llamados a la Vivir en el Espíritu

 

 

Motivación inicial: Estamos en el tiempo de preparación para la venida del Espíritu Santo a nuestros corazones. No se puede seguir el verdadero llamado de Dios Padre si no abrimos un espacio en nuestro ser para el Espíritu Santo, quien sirve de verdadero interlocutor entre Dios y el ser humano. Dispongamos nuestro corazón y nuestro ser para este verdadero encuentro con Aquél a quien hemos recibido desde el día de nuestro bautismo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Exposición del Santísimo Sacramento: El Espíritu Santo es el continuador de la obra de Jesús. Este Espíritu es el dueño de los dones divinos y a Él le pedimos que nos dé el don de la fe para creer profundamente que es el mismo Jesús quién se encuentra en el Santísimo Sacramento del altar. Para hacernos conscientes de la presencia del Sagrado Corazón de Jesús en el Eucaristía, cantemos juntos “Dios está aquí” (N° 166).

 

Contemplémosle en un momento de silencio.

 

Un texto de los Padres de la Iglesia para meditar: Los Padres de la Iglesia ya comienzan a hablar desde el principio sobre la realidad del Espíritu Santo. Escuchemos qué nos dice San Basilio Magno.

 

¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? ¿Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.

Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.

 

(Pensemos en el llamado de cada uno de nosotros a la santificación y la necesidad que tenemos del Espíritu Santo para seguir adelante en nuestra vida cristiana. Se hace un momento de silencio. Pidamos esa presencia del Espíritu Santo cantado “Espíritu de Dios”:

      Espíritu de Dios, toma mi vida,

      Toma mi alma, toma mi ser (bis)

      Y lléname, lléname, lléname,

      de tu presencia, lléname, lléname,

      de tu bondad, lléname, lléname,

      de tu amor.)

Fuente de santificación, luz de nuestra inteligencia, él es quien da, de sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural, para que conozca la verdad.

Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lo llena con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporción de la fe de cada uno.

Simple en su naturaleza, diverso en su virtualidad, está presente todo él en cada uno, sin dejar de estar todo él en todas partes. De tal manera se divide, que en nada queda disminuido; todos participan de él, aunque él permanece intacto, a la manera del rayo de sol, del que cada uno se beneficia como si fuera para él solo y, con todo, ilumina la tierra y el mar y se mezcla con el aire.

 

(Pausa para meditar sobre los beneficios que nos da individualmente el Espíritu Santo)

 

Así también el Espíritu Santo está presente en cada uno de los que son capaces de recibirlo, como si estuviera en él solo, infundiendo a todos la totalidad de la gracia que necesitan. Gozan de su posesión todos los que de él participan, en la medida en que lo permite la disposición de cada uno, pero no en la medida del poder del mismo Espíritu.

 

(¿Cómo está mi disposición para recibir los dones del Espíritu?

En un gesto de disponibilidad a la acción del Espíritu, se canta “Espíritu Santo, Ven” N° 253)

 

Por él, los corazones son elevados hacia lo alto, los débiles son llevados de la mano, los que ya van progresando llegan a la perfección; iluminando a los que están limpios de toda mancha, los hace espirituales por la comunión con él.

Y, del mismo modo que los cuerpos límpidos y transparentes, cuando les da un rayo de luz, se vuelven brillantes en gran manera y despiden un nuevo fulgor, así las almas portadoras del Espíritu y por él iluminadas se hacen ellas también espirituales e irradian a los demás su gracia.

De ahí procede el conocimiento de las cosas futuras, la inteligencia de los misterios, la comprensión de las cosas ocultas, la distribución de dones, el trato celestial, la unión con los coros angélicos; de ahí deriva el gozo que no termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que imaginarse pueda, nuestra propia edificación.

 

(En un momento de silencio dejamos que estas últimas palabras calen en nuestra alma).

 

                     Como respuesta a esta lectura repetimos el canto “Espíritu de Dios”.

 

            Salmo 119 (118) (algunos versículos):

 

                     R: Felices los que reciben el Espíritu del Señor ¡Aleluya!

                    

Felices los que sin mancha caminan en la Ley del Señor.

Felices los que guardan sus mandamientos

y buscan a Dios con todo el corazón;

los que nunca comenten maldades,

sino que van por el camino recto.

 

Señor, nos diste tus mandatos

Para que los cumplamos puntualmente.

Ojalá que mi andar sea recto y guarde tus mandatos.

Porque si los obedezco no quedaré confundido.

 

Como conocedor de tus justas leyes,

Te alabaré con corazón sincero.

¿Cómo conservará pura su vida el joven?

Guardando tus palabras.

 

Tú me creaste y me formaste con tus manos:

Enséñame a aprender tus mandatos.

Los que te respetan estarán contentos al verme,

Porque he esperado en tu palabra.

 

Que tu gracia me asista y me consuele,

Según la promesa que a tu siervo hiciste.

Que tu piedad venga a hacerme revivir,

Porque tu ley es mi felicidad.

 

Mi carne se estremece de temor de ti y temo tus sentencias.

He ejercido el derecho de la justicia,

no me entregues a los que me oprimen

Sé tú el fiador de tu siervo,

para que no me opriman los soberbios.

 

Señor, que mi grito llegue a tus oídos;

Instrúyeme tal como lo prometiste.

Que mi plegaria llegue hasta tu presencia;

Líbrame de acuerdo a tu promesa.

 

      Momento para meditar el salmo que se ha recitado.

 

                     Se canta El agua del Señor (N° 251)

 

Meditación Bíblica: Jesús nos ha anunciado el envío del Espíritu Santo. Es mediante este Espíritu por quien nace la Iglesia y vive en ella. Meditemos este pasaje del Evangelio.

 

            Del Santo Evangelio según San Lucas (24,45-49)

Jesús les abrió la mente para que lograran entender las Escrituras y les dijo: “Esto estaba escrito: los sufrimientos de Cristo, su resurrección de entre los muertos al tercer día y la predicación que ha de hacerse en su Nombre a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, invitándoles a que se conviertan y sean perdonados de sus pecados. Y ustedes son testigos de todo esto.

Ahora yo voy a enviar sobre ustedes al que mi Padre prometió. Por eso, quédense en la ciudad hasta que hayan sido revestidos de la fuerza que viene de arriba”.

 

(Dediquemos unos minutos a reflexionar sobre cómo está cada uno viviendo la presencia del Espíritu; ¿llevamos a cabo la misión de ser testigos de la resurrección de Jesús?; ¿es el Espíritu verdadera fuerza para la vida personal?)

 

Cantamos el “No hay Dios tan grande” (N° 255)

 

Meditación sobre un texto del Padre Jordán (Palabras y Exhortaciones, Paz, 5):

                     El Padre Jordán era muy devoto al Espíritu Santo y tenía claro que nada se puede en la Iglesia si no es por la tercera persona de la Trinidad. Por eso nos dice:

 

Al terminar la octava de Pentecostés, quiero recomendaros todavía una vez más la devoción al Espíritu Santo, ya que está ligada a la misión de nuestra Congregación. Pues, ¿cómo podremos trabajar como hombres apostólicos si no recibimos el auxilio del Espíritu Santo?

Debemos invocar de una manera especial al Espíritu Santo a fin de que seamos una sola cosa, a ejemplo de los apóstoles unidos en el Espíritu Santo, formando un solo corazón. Que el Espíritu Santo habite en nuestros corazones y conserve siempre la unión entre todos nosotros. Esto es de gran importancia.

Si ya en los negocios del mundo la unión de fuerzas y empeños es tan importante, cuanto más necesaria no lo ha de ser para nosotros que estamos en lucha contra un sin número de enemigos interiores y exteriores.

¿Qué pretendemos hacer si no disponemos de la luz de lo alto para reconocer a los enemigos? Si no tenemos fuerzas para resistirles? ¿Qué podrá hacer un pequeño ejército contra tantos enemigos, si sus filas no son fuertes y unidas? Por eso rezad, rezad todos los días al Espíritu Santo, para que El nos ayude a ser siempre un solo corazón y una sola alma.

No debéis olvidar jamás contra qué enemigos debemos luchar. No os olvidéis

nunca de que un pequeño ejército está empeñado en la lucha contra el miedo, el infierno, contra los adversarios, contra enemigos temibles, y que por lo tanto necesitamos luces especiales. Pero si estamos unidos en el Espíritu Santo, no tenemos nada que temer.

 

Cantamos Ven Espíritu de Dios  (N° 259).

 

Peticiones:    Oremos a Dios nuestro Padre pidiéndoles que envíe el don del Espíritu Santo sobre su Iglesia para que cada día siga más de cerca al Hijo. A cada invocación contestamos:

                     Envíanos, Señor, tu Espíritu.

                    

                     Por la Iglesia, para sea testimonio del amor radical en el Espíritu, vibrando con un mismo corazón y un mismo espíritu. Oremos.

 

                     Por la paz mundial y de nuestro país. Para que los cristianos seamos testimonio de la unidad en el Espíritu de Dios. Oremos

 

                     Pidamos a Dios por los jóvenes que viven su momento de discernimiento vocacional, para que se abran al llamado de Dios y se dejen guiar por el Espíritu Santo. Oremos.

 

                     Por todos los misioneros, para que sientan la presencia cercana de Jesús que les ha enviado a anunciar el Evangelio. Oremos.

 

                     Por los matrimonios jóvenes y aquéllos que ya celebran muchos años de unión. Para que puedan ver en las dificultades la oportunidad para vivir el amor de Dios. Oremos

 

                     Por todos los aquí presente, para que vivamos plenamente los dones recibidos en nuestro bautismo. Oremos.

 

                     Por la familia Salvatoriana, para que el Señor mueva los corazones de muchos jóvenes y sigan al Señor con el carisma del Padre Jordán.

 

(Intenciones libres)

 

                     Señor Jesucristo, tú nos has dejado el don de tu paz, por eso nos unimos a tu oración continua diciendo (cantando): Padre nuestro...

 

Oración:

 

                     Señor Jesucristo, tú nos invitas a que colaboremos

para que se realice tu Reino.

 

Tú sabes cuánto necesitamos, sobre todo ahora,

                     personas que nos guíen según tu Espíritu,

                     que anuncien tu palabra y compartan tu pan.

 

                     Rezamos por nosotros mismos y por toda la Iglesia,

                     para que podamos crear en nuestras comunidades cristianas

                     aquel ambiente en el cual todos encuentren

                     ánimo e inspiración para arriesgar su vida por ti y por tu Reino,

                     para poner toda su vida a tu servicio y al de su prójimo.

 

                     Sé tú, Señor, su fuerza y su confianza,

                     para vivir de manera sencilla, fiel y servicial,

                     con tu mismo espíritu.

 

                     Haz que entre nosotros vivan una verdadera fe, esperanza y caridad,

                     para que experimentemos, llenos de alegría,

                     que tú eres nuestro Salvador, ahora y por siempre.

                     Amén.

 

Bendición final:

 

                     Oremos.

                     Dios Bueno, que en este sacramento admirable

                     nos dejaste el memorial de tu pasión,

                     te pedimos nos concedas

                     venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,

                     que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.

                     tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

(Luego de la bendición se puede terminar cantando “Tan cerca de mí”, N° 185).

 

 


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